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POISSONS D'AVRIL

Huellas en el Sahara

Es veneno.

Es Abril.

En silencio y sin hacer ruido, cuenta motas de polvo; de una en una y, sólo algunas veces, de dos en dos...

Contar motas de polvo es, posiblemente, una solemne tontería cuando hay algo mejor que hacer; pero ahora mismo, en este presente huidizo y canalla -que ha abandonado esta escena incluso antes de escribir su nombre-, se me antoja que es acto palatino de insumisión inútil, algo así como una niñería caprichosa que ni es prólogo ni epílogo, aunque tampoco sea todo lo contrario.

Hay un hecho incuestionable: compartimos el mismo sofá de dos plazas que estaba allí desde tiempos inmemoriales. La situación me incomoda bastante, creo sentir una ligera necesidad de tender ese puente que tanto se echa de menos cuando más hace falta. Busco el modo, quiero hacer mío el arte de bien decir, de dar al lenguaje escrito o hablado eficacia bastante para persuadir,  deleitar o conmover; es decir, recurro a la retórica para preguntar sobre algo que, dicho sin rodeos, me la trae al pairo.

  • ¿Cuántas hay?
  • Diez... tal vez doce... ¡espera!, veinticuarentaytrésochentacien...
  • ¿Veintiqué?
  • No lo sé... En esta parte de mi realidad hay muchas más que al doblar la esquina. Van y vienen, discuten, se aferran a argumentos subjetivamente objetivos para encontrar el punto justo de desacuerdo... creo que son... o quizás no sean...
  • ¿....?
  • Flotan desnudas, pálidas, obtusas, como acentos circunflejos en español de Castilla, creyéndose orbes de maíz o nenúfares asustados... femeninas y masculinas, amantes y amadas, amigas y enemigas... ¡son tantas y tan diferentemente iguales!
  • ¿Conoces sus nombres?
  • Todos... ni uno he olvidado... vuelven en Abril... ¡Todos los años! Y se adueñan de mi por instantes efímeros... reconquistan mi todo y mi nada, vuelven a abrazarme con esa ternura especial que tiene el exceso de esperanza...
  • Pero estamos en Julio... Quizás sólo sean recuerdos que se desvanecen con el paso de los años...
  • El tiempo sólo es importante para los relojes rotos o desempleados; estoy seguro que lo echan de menos porque, sin ese débil recuerdo que de él les queda, no son nada. Te contaré un secreto si me regalas tus alas...
  • Hoy he traído las de hojaldre... me cuesta desprenderme de ellas... son sabrosas y elegantes. ¿Te conformarías si te regalara las de hojalata?
  • No, pesan mucho y no vuelan nada... ¡No me importa!, la clepsidra que deletrea el tiempo de las alas reside en los espejos... en ese espacio imposible de medir que aloja, sin pagar alquiler y desde tiempos inmemoriales, la imagen reflejada que nos mira, sin apartar sus ojos, mientras la miramos. No hay tiempo sin acequias que conduzcan las turbulentas aguas de nuestra memoria para regar, en seco, las imágenes que perviven mustias o lozanas...
  • Soy incapaz de seguirte, me desordenas; te pierdo justo en el momento en que creo que te alcanzo...
  • No es la primera ni será la última vez que me pasa, llevo veneno en la sangre...
  • ¡Déjalo!, no añadiré ni una palabra más a tu sombra; de nada sirve darte calor si tu mirada es tan árida que arde de frío mientras lloras lágrimas secas... una y otra vez, día tras día, hasta que penas y alegrías se ahogan en la misma charca.

Con estrépito, el puente se viene abajo en medio de una escandalosa ausencia de dignidad. Sí, seguimos compartiendo el mismo sofá de dos plazas; sin moverme un centímetro, me alejo eones con la firme intención de crear una edad de hielo que sangre.

No hay nada más dúctil que las palabras no dichas; esas que sólo existen porque, en un determinado y mínimo instante, se ven pronunciadas por las miradas. Ahora mismo estoy lleno de ellas,  las veo subir escaleras de madera, traspasar alambradas de espino y deslizarse reptando por la pared con pupilas de vinagre.  

Quizás nunca he estado tan solo y, a la vez, tan acompañado como en este momento... podría ser una de mis frases hechas, pero yo diría que es una reflexión austera y exenta de impuesto de vanidades. Negar que me place bastante estar solo cuando estoy vestido sería mentir; otra cosa es la temida soledad del dos desnudo, bajo la ducha o las sábanas, en cualquier espacio y en todos los tiempos.

Pero la realidad es la que es y, a mis pies, debajo de la alfombra o entre el hormigón armado del piso, duerme el último rayo de luz que queda de la estela de una estrella; apenas lo percibo ya, por alguna razón que sólo él sabe se fue convirtiendo en tan débil y tenue que hay instantes en los que casi llego a estar seguro de haberlo imaginado, quizás intoxicado por esas partículas letales que se esconden en cada unidad escénica y sexual de los polvos de meteorito. La pasión debe ser así, como una procesión cálida sin saetas ni Marías dolientes ni Cristos crucificados, para que adquiera condición de profana; incluso su propia liturgia, su personal e intransferible "ítem misa est", ha de rozar lo sacrílego para alejarse lo más posible del "tu retratito lo traigo en mi cartera" y etcéteras derivados. Y aún así, a merced de la furia de vientos y brisas, de años y de vigilias de ausencias, quise estar presente hasta el final y acompañarle en esa inexorable extinción a la que tanto me he resistido sin hacer nada.

A todos, personajes principales o secundarios y figurantes, nos ha dado tiempo para contar hasta siete, pero poco a poco vamos atenuándonos, desapareciendo, extinguiéndonos, volviendo a la nada de la que surgimos y hacia la que, desde el primer momento, encaminamos nuestros pasos; la pena que siento es tan íntima y poderosa, a la vez que agradable, que disfruto viéndonos morir con la esperanza de que no quede nada, ni siquiera un mínimo recuerdo de esperanza herida en el más remoto lugar de cualquier memoria, incluida la mía.

Sé que la prisa ha huido del espacio y del tiempo, que puedo cerrar la puerta desapasionadamente, sin levantarme y dejando que todo lo que queda en el exterior tirite de frío hasta morir para siempre.

¿Morir para siempre?, suena terrible ¿verdad?; pero me gusta la poderosa emanación de energía y la sensación que me invade cuando, en pleno éxtasis místico y con todas las facultades mentales afectadas aunque no mermadas, pronuncio esa sentencia sincronizadora... convencido de estar transitando por el tiempo del no-tiempo, aquel en el que ocurren los grandes cambios y las transformaciones decisivas para seguir caminando sin prisas por las sendas que el destino para mí ha trazado sin contar ni con mi consentimiento ni con el de nadie.

¿Morir para siempre?, suena casi obsceno para quien sabe que lleva inscrito su nombre en cada espacio en blanco... pero puede consolarse si es que quiere hacerlo, que nada muere ni desaparece, sólo se transforma para enriquecer la memoria vital y ocupa,  extinta definitivamente la añoranza, el lugar que le pertenece. 

Mentalmente leo todo lo que he escrito en el viento. No siento ni una sola emoción, mi mente es incapaz de transformar en imagen, escalofrío o calor, esas hileras de palabras que revolotean. Es el momento idóneo para poner punto final a la feroz tentativa de conquistar esencias que se me escapan; sólo leo letras, me atraen especialmente las vocales, por ese individualismo tan suyo del que carecen las consonantes o, tal vez, porque poseen el don de poder acentuarse.

Una pequeña vela que dormía encima de la mesita de noche se ha despertado de repente,  decidida a consumirse en un inútil esfuerzo de arrojar luz vacilante sobre un trozo minúsculo de la proximidad que la rodea. Hay tiempo de sobra para paladear cada instante, incluso para estudiar el presente y repasar el pasado; lo que verdaderamente importa es sentir la vacuidad como un don inseparable del deseo de llenarse.

  • ¿Y Luna?
  • No sé qué decirte, estamos hechos a medida y nuestras noches también.
  • ¿Y todo lo demás?
  • Fue veneno y, en algunos momentos de cada año, seguramente volverá a ser Abril.
  • No será ni la primera ni la última vez...
  • Lo sé...

© Xabier González, 2011

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